No se relaja y se queda en casa

It must be heaven: una comedia pormoderna del siglo XXI con un comienzo que Kusturica aplaudiría de pie. 23 Festival de Cine de Lima

(2019 / Francia-Canadá / Elia Suleiman)

—There will be Palestina —dice el adivino.

Oscar Pita Grandi

Publicado: 2019-08-15


¿Habrá muchas primeras escenas geniales de películas? Seguro que sí. En mi caso, todavía bajo los efectos del palestino, yo pensaba en geniales primeras escenas en el cine moderno cuando el mantra de Damien Rice se soltó a levantar corazones del asfalto de Nueva York, y también a la recién atropellada Natalie Portman, rodeada de gente y con los edificios en contrapicado desde el suelo le dice a Jude Law «Hellow, stranger», esto pasa en Closer (2004). También en el 2004 tenemos otra primera escena genial, menos exótica y descaradamente poética, la apertura de 2046 de Wong Kar-wai, en que la voz del protagonista, sobre el adagio flotando en el paisaje tachonado de velocidad y lentitud, nos informa que los pasajeros del misterioso tren que viaja al año 2046, todos ellos, van a ese particular año porque «guardan la misma intención: recuperar recuerdos perdidos», la frase completa es hermosa, evoca un gran misterio, continúa durante unas lineas más pero es recién con las últimas dos palabras cuando el corazón nos da un vuelco. It must be heaven, en la sección Galas del #23FCL, haciendo suyos los dominios de la comedia hilarante, inteligente, y del absurdo contemporáneo, nos mete en la película con una genial primera escena que no voy a relatar aquí —desde hoy en mi lista—, imprevisible por dónde se le mire, de una genialidad apabullante, sarcástica, cómica pero de esa comicidad políticamente incorrecta que hemos recuperado con Tarantino, del estilo de situaciones que el filósofo de celebridades, el chiflado esloveno Slavoj Žižek, te soltaría en una conferencia. Así de anticipado va el arsenal elogioso para esta producción franco-canadienses del palestino Elia Suleiman, y es porque los restantes minutos del film le hacen una tremenda justicia a la escena de apertura. Lo olvidaba, además el arranque es del tipo que Kusturica aplaudiría de pie, e inmediatamente después dudaría si acaso no se la han robado del bolsillo. ¿Pero cuál es la historia? ¿Cuál es la trama? La línea de producción de primates holgazanes, culpable de una gran ración de nuestra educación sentimental, nos pone en la lengua este par de preguntas antes de que nuestro razonamiento de cinco botones empiece a gatear. ¡Pero aquí no interesan ni la trama ni la historia! Seguro que en algún sentido clásico este tipo de cuestiones de supermercado son relevantes, pero les aseguro que aquí no. Y tampoco es que It must be heaven carezca de estos componentes, el tipo de elementos al que un Flaubert en estado de gracia les hacía asquito cada vez más —el autor de Madame Bovary soñaba con escribir por el solo hecho de escribir, desposeído de metas premeditadas, aunque intentando conseguir los ideales artísticos de la belleza—, en un sentido menos estricto, el ars poetica del film se hilvana con los autores que se decantan por la forma y el estilo. Es decir, con los llamados «estilistas». Deja relegada la vieja y confiable fórmula homérica —presentación/conflicto/solución— para poner en su lugar una ecuación personal y engañosa que acaba asomándose a las profundidades recorriendo la aparente superficie. Enrique Vila-Matas, autor estilista de la nada convencional novela Bartleby y Compañía, lo dice muy bien: «El estilo va por delante, dando grandes zancadas. Y la trama, que se las arregle». Elia Suleiman, director palestino de celebradas películas que no alcanzan a ser lo suficientemente palestinas —Divina intervención, Premio del Jurado en Cannes 2002—, aquí, en esta comedia posmoderna llamada It must be heaven,  interpreta al personaje principal que él mismo dirige: un solitario director de cine que vive en Nazaret. De pocas palabras —literal, Elia figura en pantalla casi todo el tiempo pero apenas si pronuncia una única frase a lo largo del film—, tímido, observa su entorno con la sorpresa que ya hemos perdido en las trincheras de la infancia. Se limita a registrar con peculiar atención el desenvolvimiento del mundo a su alrededor. Nada más. Pues intervenir le resulta antinatural. Su carácter conformista me recuerda al Bartleby de Herman Melville, al Jacob von Gunten de Robert Walser, sin embargo Elia emprende un continuado viaje Nazaret - París - Nueva York por motivos vinculados con su rollo de director de cine palestino. En cada una de estas ciudades, sus manías de director y de personaje convierten la metrópoli en el centro de su ácida crítica contra el modus vivendi de nuestra existencia en sociedad —la represión policial, el orwelliano control ciudadano, las paranoias 11-S y nuestros hábitos de mascotas hipnotizadas por Madame Publicidad—, hace de los alrededores de la Torre Eiffel un desfile de belleza cotidiano, con café en la mesita sobre la acera, y de Nueva York la ciudad que más le compra a John Rambo, todo esto debido a las preferencias fotográficas, narrativas, escénicas de Elia —el director y el personaje—, unas preferencias emparentadas con el ADN del divertido y melancólico Buster Keaton y con las viñetas surrealistas de La Pantera Rosa, dos figuras reconocibles del cine mudo y del no tan mudo. Pero además Elia Suleiman —el director— se mira en el lacónico espejo del cineasta finés Aki Kaurismaki y no le rehuye al realismo no tan realista que practica otro de mis favoritos, el sueco Roy Andersson («no quiero que absolutamente ningún plano de mis películas sea visualmente indiferente» //click aquí para visitar a Andersson//, la dosis del sueco incluye realismo, ensayo y fantasía, sus planos son largos, apenas si mueve la cámara, tanto los colores como los filtros obedecen a los sentimientos que desea evocar, nada es gratuito en Andersson, no tan emparentado con los gritos y susurros de su paisano, Ingmar Bergman, como con la entrometida consciencia felliniana. Y, por supuesto, no podía faltar el subidón de adrenalina y cortisol suministrado por Nina Simone y Leonard Cohen. Qué dudas caben, felizmente que el cine de Elia Suleiman es un cine del tipo freaky-smart: entretiene, divierte, hace su tarea y te deja el cerebro al ralenti, paródico aunque nada complaciente, ha creado It must be heaven, una comedia-posmo del siglo XXI, donde Nazaret, París o Nueva York son abismalmente similares, absurdas, divertidas y fatales.


Escrito por

Oscar Pita Grandi

Cinéfilo. Escritor. Firmaba reseñas y crítica en Cinencuentro y en la Escuela de Cine de Cuba. Paisaje Habitado es su primera novela.


Publicado en

Zeroville

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